Una vez hubo un hombre que se sentía elegido por Dios.

Sentía que podía hacer aquello que los hombres que lo precedieron no pudieron hacer.

Creía que, entre más golpes recibiera y más marcas le dejaran en el cuerpo, más fuerte se volvería. Pero, como en toda pelea, siempre existen golpes que uno no ve venir.

Hasta que un día recibió el golpe que, hasta el día de hoy, considera el más fuerte que ha sentido.

Y entonces comenzó a preguntarse si, tal vez, nunca había nacido para ser un elegido.

Quizá solo estaba destinado a convertirse en otro miembro mediocre de una historia que ya parecía estar escrita para él.

Comenzó a cuestionar su esfuerzo.

Todo aquello por lo que había peleado.

Todos esos golpes que alguna vez ardieron con intensidad y que, en su momento, creyó que lo estaban haciendo más fuerte…

Ahora parecían no significar nada.

Por primera vez, no sabía contra quién estaba peleando.

Y eso fue lo que más miedo le dio.

Porque durante años había encontrado sentido en resistir. Cada caída tenía una explicación. Cada fracaso era una lección. Cada herida era una prueba de que todavía podía levantarse.

Pero esta vez era diferente.

Esta vez no quería levantarse.

No porque hubiera dejado de tener fuerzas, sino porque comenzó a preguntarse para qué.

¿De qué servía haber soportado tanto si, al final, podía terminar exactamente en el mismo lugar que aquellos hombres que tanto había intentado superar?

Tal vez había confundido resistencia con destino.

Tal vez no era especial.

Tal vez todos esos años intentando demostrar que podía hacer algo diferente no eran más que una historia que se había contado a sí mismo para soportar los golpes.