Desde hace mucho me pregunto si todo este cansancio, todo este dolor… significa que algún día voy a llegar lejos.
O si simplemente nunca aprendí a distinguir la perseverancia de la obstinación.
Porque esa necedad mía puede costarme la vida.
Y siendo sincero, jamás he sido alguien que elija caminos racionales.
A estas alturas ya no sé si lo mío es convicción o pura terquedad.
Pero si de verdad deseo convertirme en el mejor, entonces aceptaré el precio de intentarlo, aunque me rompa en el proceso.
Supongo que debería ahorrarme los discursos y volver al trabajo.
Al final del día, eso es lo único que he hecho desde que me convertí en adulto: seguir peleando aunque el cuerpo tiemble y la cabeza pida descanso.
Sí, he avanzado.
La gente lo nota.
Me reconocen el esfuerzo, la disciplina, el cambio.
Pero tengo miedo de confiarme.
Porque siento que el día que baje la guardia, la vida va a cobrarme cada segundo de debilidad.
Me han dicho que soy el único capaz de buscar pretextos para no faltar a clases, incluso estando destruido.
Y a veces me pregunto si eso realmente es disciplina…
o si solo soy un idiota intentando descubrir cuánto dolor puede soportar antes de quebrarse.
Nadie ve lo que pasa cuando se apagan las luces y me quedo solo conmigo mismo.
Nadie escucha el silencio después del entrenamiento.
Ese silencio donde ya no hay ruido, ya no hay golpes, ya no hay movimiento… y entonces todo lo que intento evitar vuelve a alcanzarme.
Y lo único que digo es: