Todos los días hay un elogio para mí.

Que la vestimenta.

Que el trabajo.

Que la forma en la que hago las cosas.

Que mi fuerza.

¿Fuerte yo?

Qué puto chiste.

Si esta es una forma de reírte de mí, Dios, pues eres un desgraciado infeliz.

Porque yo no me siento fuerte.

Me siento cansado.

Y a veces me pregunto por qué.

Por fuera parece que fui maldito por algo o por alguien. Como si alguien hubiera decidido regalarme este ritmo de vida, estas ganas de pelear, esta necesidad de seguir avanzando aunque por dentro esté hecho mierda.

Y lo peor es que parece que los demás sí pueden verlo.

Ven la ropa.

Ven el trabajo.

Ven cómo sigo caminando.

Ven cómo me levanto una y otra vez.

Pero no ven todo lo que cuesta.

No ven las noches en las que quisiera apagarlo todo.

No ven las veces que tengo miedo.