Golpe tras golpe, caída tras caída.
Lesión tras lesión.
Fractura tras fractura.
Eso es lo único que parecen conocer mis días.
El cuello cubierto de moretones,
el codo fracturado,
la muñeca hinchada,
los pies raspados,
las rodillas adoloridas,
la espalda destruida,
la cabeza llena de golpes.
A veces pienso
que quizá debería retirarme de todo esto,
aceptar que no voy a llegar a ningún lado,
que tal vez nací para perder
y no para levantar trofeos invisibles.
¿A quién intento impresionar?