Poder, poder, poder y más poder.
¿Es la naturaleza del hombre aspirar al poder?
Trabajo, dinero, alcohol, joyas, oro, títulos, reconocimiento, metas y mujeres ¿Es eso el pináculo del poder? ¿O son simplemente los apetitos más profundos del ser humano?
¿De dónde proviene esa necesidad de dominar, de acumular, de conquistar?
Y, sobre todo, ¿es algo bueno o algo malo?
El poder ha construido imperios, levantado ciudades y cambiado el curso de la historia. Pero también ha destruido reinos, corrompido hombres y convertido victorias en tragedias.
Durante estos últimos días he conocido a hombres muy poderosos. Hombres que poseen riqueza, influencia y prestigio. Hombres que, a los ojos del mundo, han ganado el juego.
Y al observarlos pensé:
“Debería seguir sus pasos.”
Después de todo, el poder es algo a lo que he aspirado desde que me convertí en adulto.
Sin embargo, cada conversación terminaba de una manera que no esperaba.
Ellos me decían:
“Ojalá tuviera la disciplina que tú tienes.”
“Ojalá conservara tu fuerza.”
“Ojalá aún tuviera tu capacidad de escuchar.”
Y entonces comprendí algo extraño.
Los hombres jóvenes suelen admirar a los hombres poderosos.
Pero los hombres poderosos suelen admirar cualidades que tenían cuando eran jóvenes.
Aquello que yo veía como carencias, ellos lo veían como riquezas perdidas.
Y entonces me preguntaba: