Mientras escribo esto me doy cuenta que es la primera vez que me siento completamente agotado, sin un solo gramo de energía.

Supongo que, tarde o temprano, los estimulantes tenían que pasarme factura.

Desde hace semanas siento que no pienso con claridad. Tal vez sea el cansancio. Tal vez sean los golpes. Tal vez sea la acumulación de demasiadas cosas durante demasiado tiempo. Ya ni siquiera estoy seguro.

Lo que sí sé es que esta es la primera vez que mi cuerpo parece suplicarme que me detenga.

Y tiene sentido.

Durante mucho tiempo me repetí que no iba a detenerme hasta que mi cuerpo colapsara. Lo dije con orgullo. Como si fuera una demostración de disciplina. Como si ignorar las señales de agotamiento fuera una virtud.

Ahora estoy peligrosamente cerca de ese límite.

Y, para mi sorpresa, no siento orgullo.

Siento miedo.

Porque cuando el colapso era una idea lejana parecía algo romántico, casi heroico. Pero cuando empiezas a verlo de cerca, cuando notas que tu mente se vuelve lenta, que el cuerpo pesa más de lo normal y que la energía desaparece incluso para las cosas que amas, la realidad se vuelve distinta.

Ya no se trata de demostrar cuánto puedes soportar.

Se trata de preguntarte cuánto daño estás dispuesto a hacerte antes de escuchar lo que tu propio cuerpo lleva semanas intentando decirte.

Y quizá lo que más miedo me da no es el agotamiento.

Es no saber qué viene después.

Durante años siempre hubo una siguiente meta, una siguiente pelea, una siguiente carrera, una siguiente montaña que subir. Siempre hubo algo que perseguir. Algo que justificaba seguir apretando los dientes y avanzar.

Pero ahora siento que estoy llegando a un lugar desconocido.

No sé si esto es el final de una etapa o el comienzo de otra. No sé si mi cuerpo me está pidiendo descanso o si me está obligando a cambiar. No sé si debo seguir empujando o aprender, por primera vez, a soltar.

Y esa incertidumbre pesa más de lo que imaginaba.

Porque hay algo aterrador en descubrir que tal vez no eres invencible.

Que tal vez también tienes límites.