Hoy fui a ver a mi hermano menor.
Quería saber si estaba bien. Pero siendo honesto, también quería compararme. Quería ver si alguien más estaba igual de perdido que yo… o peor.
Estábamos en casa de papá. Vacía. Silenciosa. Sin vida.
Y me pegó. Pero no por la casa en sí, sino porque me di cuenta de algo incómodo:
yo sigo cargando ese vacío, y él no.
Para él era un día normal. Para mí, era un recordatorio de todo lo que falta.
Lo miré bien. No había tristeza en su cara. Cansancio, tal vez… pero no esa sensación de peso constante que yo traigo.
Y en lugar de inspirarme, me incomodó.
Porque no pude evitar preguntarme: ¿en qué momento empecé a vivir así?
No es que mi vida esté destruida. No es que no esté avanzando. Pero algo en mí se siente derrotado… y lo peor es que no tengo una razón sólida para justificarlo.
Salimos un momento. El cielo estaba entre naranja y negro.
Hacía frío. Y no era solo el clima… se sentía más profundo, más interno. De esos fríos que no se quedan en la piel.
A mí me atravesó. A él no.
Incluso parecía disfrutarlo.
Y ahí volvió la incomodidad.
¿Por qué él puede estar así de tranquilo… y yo no?
¿Por qué, siendo el mayor, no tengo esa sensación de control? ¿Qué se supone que hice mal?
Y la pregunta más directa: ¿el problema soy yo?
Cuando me preguntó qué me pasaba, no fui del todo honesto. Dije que estaba cansado, que me dolía la vida, porque me están pasando algunas cosas y que mi esfuerzo no se refleja en mis resultados.
Pero eso es solo la superficie.