Resulta que puedes conocer a una persona solo con verla pelear.
No por los golpes.
No por las victorias.
Ni siquiera por las cicatrices.
Sino por su postura.
Por la forma en que te mira cuando está frente a ti.
Por cómo apoya los pies en la tierra, como si intentara sostener algo que no se ve.
Hay personas que llevan su historia escrita en la guardia.
Aquel muchacho de diecisiete años, por ejemplo. Cuando estuvo frente a mí, no vi a un peleador. Vi un parque de juegos bajo el viento. Columpios moviéndose sin peso. Risas que aún no habían sido alcanzadas por el mundo. Algo que todavía no sabía lo que era romperse.
Y aquel otro hombre, marcado por la pérdida de su padre. En él no vi técnica ni estrategia. Vi un campo de batalla abandonado. Tierra quemada. Estructuras caídas. El eco de una guerra que terminó afuera, pero siguió viva dentro.
O mi compañero más frecuente. Su forma relajada de moverse me hacía pensar en una playa fría al amanecer. Dos caballos corriendo sin prisa, mientras las olas borraban sus huellas una y otra vez, como si nunca hubieran estado ahí.
Por eso siempre me he preguntado qué ven mis oponentes cuando me observan.
¿Ven una montaña?
¿Ven un campo bajo la lluvia?
¿Ven una tormenta todavía lejos, pero inevitable?
¿O ven las ruinas de algo que tuvo que morir para que otra cosa pudiera empezar?
Será que ven un festín de comida?
Quiero saber que soy para mis oponentes.
No lo sé.
Ni siquiera sé qué soy cuando alguien me mira desde el otro lado.