No sé muy bien cómo empezar esto, pero sí sé algo: durante mucho tiempo no me entendí tanto como creía. Pensaba que siguiendo el camino de los más fuertes, inevitablemente me convertiría en uno de ellos.

Creía tener control. Que lo que sentía era lógico, que mis reacciones eran normales, incluso justificables por un “bien mayor”, me decía a mí mismo. Hoy empiezo a ver que muchas de esas ideas eran formas bien disfrazadas de no mirarme de frente. Estaba cegado por mi propia ira.

Es más fácil culpar a lo que pasa afuera. Más cómodo pensar que el dolor viene de otros, de las circunstancias, de la fuerza que les faltó a los demás. Pero cuando empiezas a observarte sin filtros, te das cuenta de algo incómodo: también participas en lo que te rompe. Repites el ciclo que tanto dices querer terminar.

Hay patrones que se repiten. Formas de apegarse, de reaccionar, de esperar. Y lo peor no es que existan, sino que durante mucho tiempo ni siquiera los cuestioné. Los obedecí. Los defendí como si fueran una guía casi divina. Funcionaba en automático, convencido de que así eran las cosas.

Pero no.

Yo, como muchos otros, fui víctima de mi propia arrogancia. Confundí seguridad con verdad.

Ahora no.

Ahora ver implica perder cierta ignorancia que antes protegía. Y eso pesa. Porque una vez que entiendes, ya no puedes hacerte el mismo imbécil de antes. Ya no puedes volver a ciertas versiones tuyas sin notar la contradicción.

No hay nada romántico en este proceso. No se siente como crecimiento. Se siente como incomodidad constante, como darte cuenta de cosas que preferirías no haber visto.

Pero también hay algo claro: aunque incómodo, esto es más real.

Y una vez que pruebas eso, lo falso empieza a notarse demasiado.